Antoni Benaiges

divendres, 5 de gener del 2024

Vivir, La Voz de La Bureba Antonio Benaiges

Sois muchas las personas que os habeis dirigido a mi solicitándome el artículo escrito por Benaiges y titulado Vivir que aparece en el filme #ElMaestroqueprometióelmar.  

Aquí lo teneis!

La voz de la Bureba fue un semanario independiente, defensor de la agricultura y de los intereses de la comarca de la Bureba, que se publicó en la ciudad de Briviesca (Burgos) entre abril de 1934 y julio de 1936. En la redacción de este periódico escribían con regularidad muchas personas de la Bureba, uno de ellos era el maestro de Bañuelos de Bureba, Antoni Benaiges.

Vivir



Cuestión previa: poder vivir.


Escalofría esta cuestión previa. Que hay humanos, ¡millones de humanos!, que carezcan de lo elemental para sostenerse físicamente, solo puede ser posible en una sociedad como la actual, donde lo que no produciendo nada y disfrutándolo todo acumulan tanta riqueza como inferioridad moral. Humanamente es incomprensible; socialmente intolerable; económicamente, suicida y estúpido Tanto como saben de números y no supieron vislumbrar lo que ahora es un desastre: el desequilibrio económico de su sistema capitalista.

A más perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo, más producción y menos hombres trabajando; a menos hombres trabajando, menos jornales y menos consumo; a menos consumo y más producción, desequilibrio. Desequilibrio, claro, cada vez más acentuado a medida que se perfecciona la maquinaria.

Así se dan las paradojas tragicómicas, que sobre pan y la gente muera de hambre, que abunde la riqueza y se promulguen leyes de restricciones, que haya obreros sin trabajo y trabajen otros día y noche.




Y por otra parte, que los obreros para defenderse, tengan forzosamente que recurrir a la huelga y al sabotaje, esto es, agravar el mal, puesto que dejando de trabajar aumentan los sin trabajo y, por tanto, el consumo es menos, y destruyendo maquinaria y producto, reducen la posibilidad de poder trabajar y comer, que es precisamente lo primero que buscan. Éste -el capital acumulado- es el monstruoso tronco- la cabeza es el Salvador de turno y los brazos de la Iglesia y el militarismo; piernas no tiene, porque como parásito que es, no anda -que defienden los del eterno bloque anti-revolucionario, que, si no supiéramos que son los que huelen a incienso de la Inquisición y a crisis del perdón, solo por llevar un anti por programa, ya se definen como aspirantes a padres de lo que ellos llaman patria.

Vivir: saber vivir


Sentado la premisa de que todo hombre pueda vivir, cuente con lo indispensable que no falta ni a los cochinos, surge un problema de índole esencialmente espiritual, que nos lleva, precisamente, a diferenciarnos de los cochinos: vivir como hombre, hacia lo hondo y cada vez más plenamente, en contra del vivir planificado, flotante, siervo de cualquier ambiente. El problema es grave: sólo uno por sí mismo puede resolverlo.

Problema íntimo: problema y dilema, ser o no ser, vivir o no vivir. Quien no resuelve su problema, es un simple ser, que se nutre y reproduce, no un hombre que sube y baja la ondulación emocional del mundo interno, goce de goces de humanidad henchido.

Como todos los problemas, y éste más que ningún otro, el problema del yo se resuelve resolviéndolo, y para ello hay que empezar, que ya es resolver algo. No hacen falta fortunas, ni talentos, ni resplandores de civilización, ni artes de birlibirloque. Ni siquiera eso que llaman sentido común, que por ser común, carece de sentido, ya que el sentido íntimo de las cosas, es una esencia personalísima y original de cada uno.

Para resolver el problema, basta no tener serrín en la cabeza, seco el corazón y mariquita la voluntad.

Los grandes hombres, contrariamente a los que la gente cree, no son siempre los grandes sabios ni los grandes genios. Stravisky, Napoleón y Torquemada, por ejemplo, fueron, sin duda alguna, tres genios en sus oficios de estafador, guerrero y asesino, respectivamente, y cualitativamente como hombres están a la altura del primer peldaño de la escala zoológica.

Lope de Vega asombra como valor literario y fue, en cambio, un hombre menos que mediocre. Los grandes hombres han de serlo íntegramente, en su idea, en sentimiento y en conducta. Sobre todo en conducta, que es el índice que nos da a conocer y hace posible la convivencia.

Franklin, Cajal, Cristo, Beethoven, Pateur, Pablo Iglesias, Concepción Arenal, Miguel Ángel, Teresa de Jesús, Giner de los Ríos, Gandhi, Tagore, Palisy, Cossio… esos, esos son grandes hombres. Creadores de sí mismos y bienhechores de la humanidad. Gracias a ellos el mundo avanza, y gracias a los Torquemadas, Napoleones y Straviskys, el mundo baila la contradanza de los jinetes del Apocalipsis: miseria, hambre, guerra, peste.

Vivir humano es una armonía superior. Natura y Cultura. Que cada acción sea la resultande te dos fuerzas honda y fuertemente abrazadas: pensamiento y sentimiento. Estar en todo momento conformes con nosotros mismos y aspirar también en todo momento a ser mejores. Satisfacción íntima por haber obrado bien; inquietud por querer hacerlo mejor. Que el alma se mueva siempre, chorree siempre, vaya siempre encauzada en trayectoria libremente concebida y libremente trazada. Extirpar de nosotros lo que dañe y estimular lo que beneficie. Abrir los ojos, que es abrir el alma. Autoeducarnos. Lejísimos de aquella fórmula que es dogma del jesuitismo: “El fin, justifica los medios”. Fórmula peligrosísima, que puede conducir a lo más canallesco imaginable. Querer ser hombre, siéndolo. Lícitos los fines y lícitos los medios.

Hemos dicho abrir los ojos. Esto no es nada fácil. Ni nada cómodo. Supone un esfuerzo y, a veces un dolor. Calentarse el cerebro pensando y arrancándole prejuicios, herir el alma para inyectarle nueva sangre moza, convertir en títere que nos divierta el “qué dirán” que nos envuelve, es tarea cuesta arriba y no siempre libre de algún zarpazo felino. Pero también cuesta arriba se respira el aire puro, se ensancha el horizonte y se siente más intensa la libertad, salud del espíritu.

Desgraciadamente, son pocos los que emprenden ese viaje cuesta arriba. Vivir en la planicie es menos complicado y nada expuesto. Vivir sin preocupaciones, acomodarse lo mejor posible y allá cuidados todos los problemas. Así discurren los más, porque los más, son los de espíritu aburguesado, abesugado. ¡Pobres infelices que viven presos de la hora presente, insípida y mezquina, sin una ilusión, sin un recuerdo, sin otras satisfacciones que la meramente fisiológicas; que lo creen todo y no creen nada, porque les es igual; que trabajan y no crean, porque en nada ponen emoción de artista; que viven, en fin, desapercibidos, anónimos, sin haber sido un instante admirados, y mueren peor que vivieron buscando tablas de salvación! Verdaderos “sepulcros blanqueados”, como ha dicho Pedro Mata.

Y ese espíritu aburguesado, degeneración de aquel espíritu varonil, que supo derrumbar el feudalismo medieval, no vaya a creerse que es peculiar de la llamada clase burguesa, aunque en ella se cobijen los más. Lo aburguesado no es un sector político; es una calamidad pública que alcanza a cuantos no saben erguirse buscándose a sí mismos.

Leer. Saber leer en los libros, en la Naturaleza y en la misma vida. Pensar. Vibrar.

Dos preguntas que nos inquieten: ¿Qué soy yo de mí para dentro, como entidad personal? ¿Qué soy yo de mí para fuera, como parte de una entidad colectiva? El “yo” y el “tú”. En definitiva, el “yo” solamente. Cuando cada “yo” sea una ética, que será un vivir y una conducta, la sociedad podrá alardear de culta y civilizada.

Acariciemos una palabra: Luz. Huyamos de otra, hecha sistema por quienes viven al amparo de ella: obscurantismo.




Antonio Benaiges y Nogués.
Bañuelos de Bureba,

Enero 1936
[Transcripción Alberto Conejero]