Porque todo este esfuerzo, recopilado durante años en archivos, hemerotecas,... ahora aquí publicado tiene un objetivo claro; Transcribo lo que dice mi amigo, Jesús Vicente Aguirre, este que ha hecho tanto con su trabajo militante en desenterrar la memoria de las fosas de La Rioja:
Salud!
Pienso que es unos de los artículos más políticos del maestro, por eso lo seleccionamos para la película. Pero también, como me apuntaba Guillem, familiar de Benaiges encontramos partes curiosas y de una época:
"Para resolver el problema, basta no tener serrín en la cabeza, seco el corazón y mariquita la voluntad."
Desde mi punto de vista dato curioso cuando, pienso que, las personas que forman el movimiento LGTBIQ en la actualidad y antes también, estaban en muchos frentes de lucha y no solo en el de liberación sexual, sino en la participación política de base. Dicho esto,....
Sois muchas las personas que os habeis dirigido a mi solicitándome el artículo escrito por Benaiges y titulado Vivir que aparece en el filme #ElMaestroqueprometióelmar.
Aquí lo teneis!
La voz de la Bureba fue un semanario independiente, defensor de la agricultura y de los intereses de la comarca de la Bureba, que se publicó en la ciudad de Briviesca (Burgos) entre abril de 1934 y julio de 1936. En la redacción de este periódico escribían con regularidad muchas personas de la Bureba, uno de ellos era el maestro de Bañuelos de Bureba, Antoni Benaiges.
Vivir
Cuestión previa: poder vivir.
Escalofría esta cuestión previa. Que hay humanos, ¡millones de humanos!, que carezcan de lo elemental para sostenerse físicamente, solo puede ser posible en una sociedad como la actual, donde lo que no produciendo nada y disfrutándolo todo acumulan tanta riqueza como inferioridad moral. Humanamente es incomprensible; socialmente intolerable; económicamente, suicida y estúpido Tanto como saben de números y no supieron vislumbrar lo que ahora es un desastre: el desequilibrio económico de su sistema capitalista.
A más perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo, más producción y menos hombres trabajando; a menos hombres trabajando, menos jornales y menos consumo; a menos consumo y más producción, desequilibrio. Desequilibrio, claro, cada vez más acentuado a medida que se perfecciona la maquinaria.
Así se dan las paradojas tragicómicas, que sobre pan y la gente muera de hambre, que abunde la riqueza y se promulguen leyes de restricciones, que haya obreros sin trabajo y trabajen otros día y noche.

Y por otra parte, que los obreros para defenderse, tengan forzosamente que recurrir a la huelga y al sabotaje, esto es, agravar el mal, puesto que dejando de trabajar aumentan los sin trabajo y, por tanto, el consumo es menos, y destruyendo maquinaria y producto, reducen la posibilidad de poder trabajar y comer, que es precisamente lo primero que buscan. Éste -el capital acumulado- es el monstruoso tronco- la cabeza es el Salvador de turno y los brazos de la Iglesia y el militarismo; piernas no tiene, porque como parásito que es, no anda -que defienden los del eterno bloque anti-revolucionario, que, si no supiéramos que son los que huelen a incienso de la Inquisición y a crisis del perdón, solo por llevar un anti por programa, ya se definen como aspirantes a padres de lo que ellos llaman patria.
Vivir: saber vivir
Sentado la premisa de que todo hombre pueda vivir, cuente con lo indispensable que no falta ni a los cochinos, surge un problema de índole esencialmente espiritual, que nos lleva, precisamente, a diferenciarnos de los cochinos: vivir como hombre, hacia lo hondo y cada vez más plenamente, en contra del vivir planificado, flotante, siervo de cualquier ambiente. El problema es grave: sólo uno por sí mismo puede resolverlo.
Problema íntimo: problema y dilema, ser o no ser, vivir o no vivir. Quien no resuelve su problema, es un simple ser, que se nutre y reproduce, no un hombre que sube y baja la ondulación emocional del mundo interno, goce de goces de humanidad henchido.
Como todos los problemas, y éste más que ningún otro, el problema del yo se resuelve resolviéndolo, y para ello hay que empezar, que ya es resolver algo. No hacen falta fortunas, ni talentos, ni resplandores de civilización, ni artes de birlibirloque. Ni siquiera eso que llaman sentido común, que por ser común, carece de sentido, ya que el sentido íntimo de las cosas, es una esencia personalísima y original de cada uno.
Para resolver el problema, basta no tener serrín en la cabeza, seco el corazón y mariquita la voluntad.
Los grandes hombres, contrariamente a los que la gente cree, no son siempre los grandes sabios ni los grandes genios. Stravisky, Napoleón y Torquemada, por ejemplo, fueron, sin duda alguna, tres genios en sus oficios de estafador, guerrero y asesino, respectivamente, y cualitativamente como hombres están a la altura del primer peldaño de la escala zoológica.
Lope de Vega asombra como valor literario y fue, en cambio, un hombre menos que mediocre. Los grandes hombres han de serlo íntegramente, en su idea, en sentimiento y en conducta. Sobre todo en conducta, que es el índice que nos da a conocer y hace posible la convivencia.
Franklin, Cajal, Cristo, Beethoven, Pateur, Pablo Iglesias, Concepción Arenal, Miguel Ángel, Teresa de Jesús, Giner de los Ríos, Gandhi, Tagore, Palisy, Cossio… esos, esos son grandes hombres. Creadores de sí mismos y bienhechores de la humanidad. Gracias a ellos el mundo avanza, y gracias a los Torquemadas, Napoleones y Straviskys, el mundo baila la contradanza de los jinetes del Apocalipsis: miseria, hambre, guerra, peste.
Vivir humano es una armonía superior. Natura y Cultura. Que cada acción sea la resultande te dos fuerzas honda y fuertemente abrazadas: pensamiento y sentimiento. Estar en todo momento conformes con nosotros mismos y aspirar también en todo momento a ser mejores. Satisfacción íntima por haber obrado bien; inquietud por querer hacerlo mejor. Que el alma se mueva siempre, chorree siempre, vaya siempre encauzada en trayectoria libremente concebida y libremente trazada. Extirpar de nosotros lo que dañe y estimular lo que beneficie. Abrir los ojos, que es abrir el alma. Autoeducarnos. Lejísimos de aquella fórmula que es dogma del jesuitismo: “El fin, justifica los medios”. Fórmula peligrosísima, que puede conducir a lo más canallesco imaginable. Querer ser hombre, siéndolo. Lícitos los fines y lícitos los medios.
Hemos dicho abrir los ojos. Esto no es nada fácil. Ni nada cómodo. Supone un esfuerzo y, a veces un dolor. Calentarse el cerebro pensando y arrancándole prejuicios, herir el alma para inyectarle nueva sangre moza, convertir en títere que nos divierta el “qué dirán” que nos envuelve, es tarea cuesta arriba y no siempre libre de algún zarpazo felino. Pero también cuesta arriba se respira el aire puro, se ensancha el horizonte y se siente más intensa la libertad, salud del espíritu.
Desgraciadamente, son pocos los que emprenden ese viaje cuesta arriba. Vivir en la planicie es menos complicado y nada expuesto. Vivir sin preocupaciones, acomodarse lo mejor posible y allá cuidados todos los problemas. Así discurren los más, porque los más, son los de espíritu aburguesado, abesugado. ¡Pobres infelices que viven presos de la hora presente, insípida y mezquina, sin una ilusión, sin un recuerdo, sin otras satisfacciones que la meramente fisiológicas; que lo creen todo y no creen nada, porque les es igual; que trabajan y no crean, porque en nada ponen emoción de artista; que viven, en fin, desapercibidos, anónimos, sin haber sido un instante admirados, y mueren peor que vivieron buscando tablas de salvación! Verdaderos “sepulcros blanqueados”, como ha dicho Pedro Mata.
Y ese espíritu aburguesado, degeneración de aquel espíritu varonil, que supo derrumbar el feudalismo medieval, no vaya a creerse que es peculiar de la llamada clase burguesa, aunque en ella se cobijen los más. Lo aburguesado no es un sector político; es una calamidad pública que alcanza a cuantos no saben erguirse buscándose a sí mismos.
Leer. Saber leer en los libros, en la Naturaleza y en la misma vida. Pensar. Vibrar.
Dos preguntas que nos inquieten: ¿Qué soy yo de mí para dentro, como entidad personal? ¿Qué soy yo de mí para fuera, como parte de una entidad colectiva? El “yo” y el “tú”. En definitiva, el “yo” solamente. Cuando cada “yo” sea una ética, que será un vivir y una conducta, la sociedad podrá alardear de culta y civilizada.
Acariciemos una palabra: Luz. Huyamos de otra, hecha sistema por quienes viven al amparo de ella: obscurantismo.
Antonio Benaiges y Nogués.
Bañuelos de Bureba,
En marzo de 1935 aparece el primer número de la revista Colaboración, que era el órgano de la Cooperativa de maestros de la imprenta en la escuela; su última publicación saldrá en julio de 1936. En total se publicaron 15 números y encontramos bastantes artículos de Antoni Benaiges. La revista era el medio de comunicación de los docentes y sirvió como atalaya de difusión de muchos trabajos. Sin duda jugó un importante papel motivador para aquellos maestros diseminados por todo el territorio y que se encontraban en zonas más aisladas e inaccesibles. Sin ella, muchas de estas experiencias no se hubieran llegado a materializar.
Pero Colaboración no era tan sólo el medio donde se compartían experiencias escolares, también era el espacio de distribución de prensas, tipos, caja de tipos, rodillos, gubias, tintas y todo el material necesario para hacer las publicaciones infantiles y convertir el aula en una auténtica cooperativa de imprenta escolar.
AZUL Y ROJO
La imprenta en la Escuela
«Para Antonio Benaiges»
¡La imprenta en la Escuela! ¡El problema de la Escuela resuelto! El problema de la Escuela resuelto y nada más y nada menos! Y la humanidad de pie. Hay que saber verlo, hay que saber vivirlo y sobre todo hay que saber que nuestra vida se ha de consumir en eso, sin que así, a lo largo de nuestra existencia, ni al acabamiento de ella pueda entrarnos por los ojos el coronamiento de la obra, porque ésta ha de ser resultado de la actuación de todas, absolutamente de todas las Escuelas, y la nuestra no es más que una. ¿Estamos? Pues sabiendo hablar mucho y bien, hay que saber, imprescindiblemente, hablar poco y hacer mucho. ¡Mucho! ¡Salud!
Paco Itir
(En el momento de despedirnos en Villanueva y La Geltrú para venirme a Bañuelos de Bureba el compañero inolvidable me regaló un libro y en él escribió estas palabras. Las he leído mil veces y quiero, por lo que tienen de furor y elevación, hacerlas umbral de este trabajo).
Maestro nacional de
Bañuelos de Bureba (Burgos)
DEL HACER EN LA ESCUELA
Una técnica de trabajo escolar
La Técnica Freinet
por Antonio Benaiges
Maestro de la Escuela Nacional mixta de Bañuelos de Bureba (Burgos)
DEL HACER EN LA ESCUELA
Una técnica de trabajo escolar
La Técnica Freinet
por Antonio Benaiges
Maestro de la Escuela Nacional mixta de Bañuelos de Bureba (Burgos)
Lo que fué un modesto ensayo es ya una técnica lograda. Modesta también, pero firme de base y de caminar seguro. No se trata de un método más, uno de tantos, simplemente interesante por ser nuevo y venirnos del extranjero, sino que creemos haber hallado un modo feliz y definitivo de valorar y enriquecer la auténtica vida del niño, su auténtico interés por las cosas. Es una técnica educativa que llena plenamente la actividad diaria, sistemática y viva de un puñado de escuelas, todas bien abiertas para cuantos maestros quieran ver de cerca cómo con una sencilla y elemental imprenta logramos que los niños, sin imposición alguna, se lancen a expresar diáfanamente todo el hervor de sus propios pensamientos y emociones, creando su propio y verdadero saber.
Pero para comprender esta técnica precisa, indispensablemente, hacer un esfuerzo de penetración, predisponerse. No porque sea algo enigmático, sino porque es preciso salvar el arraigo que ha cobrado en los maestros el clásico trabajo escolar a base siempre —por mucho que se lo quiera disfrazar con pretensiones de escuela activa— de lecciones, libros, programas y asignaturas, todo determinado a priori y de espaldas a la realidad psíquica y concreta del niño. Y hay que desengañarse. A los niños les suena a hueco lo que muchas veces creemos que los hace sabios. Ni les sirve luego para gran cosa. ¡Lástima de esfuerzo! ¡Trabajo perdido! Tan perdido, que, después, esos mismos niños vuelven de adultos al maestro para que les refresque aquellas primeras letras. ¡Si les llegarían hondo! Pues no. O la escuela adopta una actitud de sinceridad, reconociendo francamente el valor niño y a base de él orienta la actividad, o ciérrese la escuela, por vacía y estéril y triste y antipática; por no saber dejar emoción alguna en la infancia y resignarse estúpidamente a ser remolque y anécdota.
La imprenta en la escuela va a eso, mejor dicho, es eso: descubrir ante el niño y a través del niño al niño mismo, y con ello que goce y cree, que se afirme, que afirmándose sabrá, indiscutiblemente, ser más libre y saber más y amar más; hacerse mejor, en suma.
Un postulado: la expresión libre
Como se recordaba en un artículo editorial de «Colaboración», nuestro boletín cooperativo, oímos decir a maestros: «Es curioso e incomprensible: tanto que hablan los niños en sus primeros años y, cuando llegan a la escuela, se escudan en un mutismo desesperante. No nos es posible a los maestros saber cómo piensan ni lo que piensan; el niño ofrece en la escuela una actitud impenetrable. Y lo más curioso es que, fuera del ambiente escolar, vuelve a manifestarse y a hablar con una expresión superabundante». Y se dice más adelante: «No es extraño que el niño calle en la escuela. No es extraño que nos ofrezca su faceta impenetrable. Es una reacción de defensa, cuando no el gesto hosco de sentirse incomprendido y despreciado en su vida auténtica».
Hay que reconocer esta verdad, porque todos la hemos vivido. Y si es el niño quien ha de ser educado, ¿cómo puede producirse su educación si no le tenemos en cuenta de él hacia dentro?
Freinet veía la ficción y se propuso hallar una escuela más real, más viva. Y tras mucho meditar métodos y experiencias, sobre todo las realizaciones decrolyanas por ser las que más se aproximaban a donde quería ir él, la halló. Halló la manera de vitalizar la escuela, de hacer que el niño se manifestase, chorrease vida propia; que la expresase libremente, espontáneamente, con todo el jugo que con ella sale.
Superó, pues, la idea decrolyana, que organiza la actividad escolar a base de las cuatro grandes necesidades del niño, es decir, a base de las supuestas y generalizadoras necesidades del niño, pero no de su propia realidad íntima, de su pensar, de su sentir y de su querer respecto a esas necesidades. Por otra parte, el Dr. Decroly afirma la importancia primordial del interés para la adquisición de la lectura, pero cuando propugna la necesidad de despertar el interés postula un interés provocado que adolece de falsedad y admite el divorcio entre la escuela y la vida, como si el interés no existiera fuera de la clase. A la frase tipo determinada de antemano por el maestro, la expresión espontánea del propio niño, fresca y jugosa, vital, que no necesita de interés provocado, porque ya va con ella consubstanciado.
Asomaos a nuestras escuelas y veréis la cantidad fabulosa —así, fabulosa— de escritos y dibujos que espontáneamente realizan los niños. Pero, sobre todo, qué substancia, qué alma hay en ellos. Grata sorpresa fué para nosotros, porque también nosotros hemos visto impenetrable al niño, cerrado a todo lo infantil en sus obligadas redacciones superficiales, ñoñas y amaneradas y en sus dibujos de puro calco. Y más grato aún cuando pudimos observar cómo los pequeños que no sabían escribir acudían a otros niños a contarles en voz baja sus cosas para que se las escribieran.
La libre expresión es para nosotros una cuestión definitivamente resuelta. Y ella es fundamento y primer postulado de la «técnica». La realizamos pura, tal cual la ideó y realizó Freinet, no por dogmática fidelidad a una norma, puesto que en otros aspectos nos adaptamos a la realidad española y, dentro de ella, a cada una de las escuelas y a cada uno de los niños, sino por ser un principio insuperable y aplicable en cualquier país, en cualquier escuela y a cualquier niño, sean todo lo acentuadas y particulares que fueren las características que diferencian a los niños entre sí.
El valor de la técnica.— Se ha dicho ya en «Colaboración» al probar que el primer postulado es la expresión libre. Lo hemos dicho al afirmar que el valor de la técnica no está en imprimir. Hay que repetirlo. Y habrá que gritarlo: el valor de la técnica no está en imprimir. Imprimir es cosa indispensable, pero no fundamental. Tampoco está el valor en componer, ni en escribir o redactar, ni en dibujar ni en grabar. Cada una de estas cosas, así, aisladas, son bien poca cosa: realizaciones más o menos brillantes de muy escaso valor educativo. Es lo importante el conjunto de todas ellas; el trabajo.
He aquí la palabra que a nuestro entender expresa con justeza el valor de la técnica: trabajo.
Para el niño, estímulo. Estímulos, motor y emotivo inagotables. Para el maestro o desde el maestro, el valor de la técnica está en el proceso.
Hemos de partir ya —naturalmente— de una escuela ambientada. Alegre, flúida, camarada, seria. Sin castigos ni premios; sin recelos, ni desconfianzas, ni temores, ni distingos, ni delaciones. Mientras no exista esa atmósfera, ese aire espiritual respirable y respirado, una realidad amable y provocativa, tan sólo sea en atisbo, inicial, pero movida, que camine, ¿a qué hablar de proceso educativo? Esto es fundamental.
Lograda la ambientación, el proceso de la técnica se da claro y preciso, limpio. Copiamos de un editorial de «Colaboración»: «Este es el proceso: hablar, escribir, dibujar; hablar, dibujar, escribir; dibujar, hablar, escribir. Después vienen las operaciones complementarias: componer, grabar; unos hacen una cosa, otros otra; ajustar, formar el molde y, por fin, entintar e imprimir. Nada: la cosa hecha.
Después a limpiar, a descomponer, a distribuir en el cajetín; a deshacer lo hecho. Pero la obra queda, no desaparece. Este es, como ninguno y como el de ninguno de los «nuevos modos» de la escuela nueva, el gran valor de nuestra técnica: el niño construye, crea, deshace lo que ha construido, con lo que ha creado, y su creación subsiste, es eterna y algo más; mediante la comparación por él mismo, es mejorable. Experimenta el placer de construir, saborea el dolor de deshacer su construcción, y goza la satisfacción infinita de que su obra no se destruya. En la calle, en el campo, en la playa, con barro, con piedras, con arena edifica una casa, un castillo, un palacio... ¡Ah, si pudiera suprimir el barro, las piedras o la arena, sin que la casa, el castillo o el palacio desaparecieran, sería más feliz! Construiría otros mejores.»
Y con nuestra técnica construye y crea lo suyo, nada menos, ni nada más que lo suyo; va deshaciéndolo luego, pieza por pieza, letra por letra, toda su edificación y, su obra, su gran creación, no se destruye; subsiste y flamea ante sus ojos y los de sus amigos a quienes él se la muestra satisfecho, como su propia ilusión hecha realidad, para volver a empezar y a hacer otra mejor. Y la hace.
Y lo que dicen estas líneas es también una realidad cabal y de todos los días en nuestras escuelas. Cuando pensamos en aquellas otras cuyo primer postulado es el derecho del maestro a imponer, y cuya finalidad única es hacer que el niño vierta toda su intimidad en otra intimidad que es la clase; cuando pensamos en lo que sufrimos nosotros de pequeños y sufrían y sufren aún tantos otros niños tan sólo al pensar que llegaba la hora de ir a la escuela, sentimos como una envidia de nuestros niños, como un deseo de volver a ser como ellos para volver a la escuela, a una escuela como las nuestras, todo alegría y bullicio, sol interior...
La lectura, libre actividad.— Era natural que Freinet, tan pronto encontró el medio de reemplazarla, suprimiese la habitual clase de lectura soberanamente monótona y aburrida y estéril y antinatural. Otro tanto hemos hecho nosotros. Como ya contábamos con ello, no nos extrañó que la novedad no gustase a los padres. Pero, claro, no hicimos caso. La tarea de la escuela es reflexiva, técnica y, por tanto, nuestra, de los maestros. De la lectura en común, que no es ni siquiera actividad, hemos hecho actividad y leer libre. De una rutina, ya tumor, un flúido, una emoción. Y buscamos un arte. A una obligación de seguir el punto, una necesidad de seguirlo. «En la lección habitual de lectura, dicen Dottrens y Margairaz en su libro «L'Apprentissage de la lecture par la méthode globale», cuando un niño lee en voz alta y sus compañeros siguen el texto con la vista, el maestro exige a estos últimos un ejercicio psicológicamente imposible: no les es posible seguir. Y cuando son castigados por no saber proseguir en el lugar donde el compañero quedó, son castigados injustamente. Todos los esfuerzos que hagan para adaptarse y seguir el ritmo del lector no ejercitan sino esos movimientos regresivos de los ojos que una buena educación de los hábitos de lectura debe esforzarse en hacer desaparecer». La última satisfacción que nos cabía a ese respecto.
¿Qué leen principalmente los niños de nuestras escuelas? ¿Cuándo? ¿Cómo? Leen sus propios escritos, hojas impresas luego, y los de sus compañeros. Leen los cuadernos una vez terminados; leen los trabajos que se reciben de otras escuelas y leerán manejando fichas y libros cuando tengamos esto organizado y en marcha. Leen por propio impulso, por propia necesidad, y cuando lo desean. A media voz o silenciosamente, también como desean. Y para que no parezca poca práctica de lectura, poca cantidad, véase lo que afirma Freinet y lo que pueden afirmar muchos de nuestros compañeros: «Durante el curso 1924-25 hemos llegado a imprimir alrededor de 2.000 líneas, que corresponden a un libro ordinario de lectura de 100 páginas. En el curso de 1925-26, el total de nuestros dos libros de vida alcanzó las 3.000 líneas. He ahí nuestro libro, no sólo copioso, sino vivido, trabajado, escrutado línea a línea.»
Colaboración.— Apenas hay en nuestro trabajo actividad individual, aislada de la obra común. Todo va impregnado de espíritu colaborador, amplio. Y no solamente dentro de cada escuela, sino que ese espíritu colaborador forma, gracias a los intercambios, una red entre todas las escuelas que practican la «técnica». Además, los maestros estamos organizados en Cooperativa, publicamos un Boletín y, anualmente, celebramos Congresos. Y aun particularmente nos escribimos largas cartas tratando siempre de lo mismo: nuestra labor. No hace mucho me decía en una carta un compañero: «Bien, amigo Benaiges. Como creo que nuestro trabajo ha de ser obra de todos y no brillo de nadie, he pensado que vosotros...» «Recuerda que nos debes una ficha ya casi completa y un original para «Lo que escriben los niños»» «¿Qué te ha parecido «Vida hurdana»? (1)...» Obra de todos. Colaboración. Amplitud y eficacia. Ánimo. Generosidad...
¿Qué es, prácticamente, la colaboración en nuestras escuelas? Aparte la organización en cooperativa escolar, basta decir que cualquier trabajo, una vez el niño ha emitido —verbal, escrito o gráfico— su original, es trabajo de colaboración en todo su proceso. Más adelante veremos si nos es posible dar una idea clara de esto.
Ese espíritu de colaboración, ese diluirlo todo en intereses colectivos, no supone ni remotamente anulación del individuo. Precisamente nuestra técnica persigue el libre y total desenvolvimiento del niño para que afirme, robusta, su personalidad. Que es, sin rodeos, lo que quiere decir educación. Pero es que el espíritu de colaboración es, afortunadamente, tendencia en el niño. Es su sociabilidad. Observémoslo en el juego —en el juego libre, claro— pristina actividad libre. Y aunque así no fuese, deber nuestro sería inculcarle ese espíritu, puesto que en la vida —la presente, la pasada o la venidera— tanto más cuanto más perfecta, hay necesariamente colaboración, coordinación colectiva de esfuerzos para lograr, con menos trabajo, mayor y mejor eficacia. Es ley de economía biológica.
La imprenta.— Ya lo hemos dicho, es una imprenta sencilla y elemental. Parece un juguete. La manejan con toda facilidad niños de seis años. Y hasta de cuatro años. Un equipo completo de imprenta es esto: una prensa de hierro, una póliza de caracteres cuerpo 12 ó 28 —lo usual—, componedores, interlíneas, rodillos, tintas, papel, material para clichés —linóleo, cartón, madera, cinc, etc.—, tacos y regletas de madera, gubias o estiletes, maquinilla de coser, cola, pinzas, tijeras y destornillador. Nada más. Todo junto no llegará a pesar 15 kilos y cabe en un cajón de esos corrientes de azúcar. Todo junto costará unas 250 pesetas. Todo lo suministra la Cooperativa (Pons y Gallarza, 27, Barcelona, S. A.).
Realización práctica
Al principio me costaba gran trabajo lograr que los niños contasen sus cosas. Aquella actitud impenetrable de que hablábamos parecía en estos niños congénita. Tenía muchas veces que darles los temas. Y aun encenderles los hechos. Pero poco a poco fueron abriéndose, dando en el clavo. Hoy, no solamente no tengo que sugerir para que cuenten algo, sino que no salgo de mi estupor al verme con tantos trabajos. ¡Y qué trabajos! Todas las noches, al leerlos, me entra pena pensando en los muchos que quedarán sin publicarse.
Se escoge por los niños uno de esos escritos. No siempre resulta elegido el mejor escrito formalmente, sino el que encierra un tema más interesante y más sinceramente expuesto. Yo o uno de los niños lo escribimos en la pizarra. Los niños, a su vez, lo copian en una cuartilla. Este ejercicio es nuestra sencilla clase de caligrafía, de esmero para hacer la letra clara. Después, el autor lee el escrito de la pizarra. Tal como está. El niño, claro, tropieza. ¡Y qué tropiezos! Esos tropiezos que en un principio hacen a menudo la lectura imposible, pero que a medida que el escribir refleja pensar, van disminuyendo. Salimos como podemos del enredo. La cuestión es que los niños comparen lo escrito con lo que querían decir y lo que dirían hablándolo. Y vean por sí mismos lo que está mal expresado. Autocrítica. Rectificación o ratificación. Mejoramiento.
Leído el escrito y visto en su conjunto —asunto que se trata, omisiones interesantes, si resulta largo, título, etc.— corregimos pensamiento por pensamiento; dentro de cada pensamiento, cosa por cosa —el valor cosa es convencional, pero va muy bien para ver claro el empleo de la coma— y, dentro de cada cosa, palabra por palabra. Este modo de corregir los escritos es muy sencillo y rigurosamente científico. Está de acuerdo con la función mental a la que Piaget y Claparède han llamado visión sincrética y Decroly función de globalización. La corrección sale casi siempre de los mismos niños. Pero si, agotados todos los recursos, no aparece la expresión satisfactoria, dentro naturalmente del lenguaje infantil, se la doy yo. Sin titubeos. Las palabras, al fin y al cabo, no son más que vehículos de las ideas. Darles ideas, en cambio, sería entorpecerles e inmiscuirnos en asuntos demasiado personales. Ofrecer estímulos, pero que la idea surja, según un ser, del fondo del propio niño.
El escrito está corregido, dispuesto para la imprenta. Si antes no se ha hecho el dibujo y el cliché, se hacen ahora. El mismo autor del escrito u otro niño. A veces lo hacen entre varios.
Dos o tres niños, uno de ellos el autor, pasan a la imprenta y componen el escrito. Yo me asomo a menudo, pues lo permite el tener la imprenta donde debe estar, en la misma sala de clase. Si es necesario les hago alguna observación. O son ellos quienes me preguntan.
Compuesto el escrito, se justifica, que así creo que se llama en imprenta el dar a la línea su forma perfecta y definitiva. Se prepara el molde y... a imprimir. Allá va la hoja. Júbilo... Un niño entinta, otro imprime, otros dan y llevan las hojas y las tienden en las cuerdas. Luego a lavar, a descomponer, a distribuir. Ya no queda ni rastro. Pero brillan cien hojas y brillan unos ojillos. Es la obra plenamente lograda, empapada de vida, y es la vida altamente motivada y significada gracias a una obra.
El intercambio de impresos
Llega el cartero. ¡El cartero!, es la consabida exclamación. Visita diaria, pero de categoría. Todos suspendemos el trabajo. En seguida se forma un grupo cerca de la ventana, donde hay más luz. Entre mi correspondencia van a menudo unos cuadernos de color dobladitos y con una faja. Los niños ya lo saben: es lo suyo. Se lo doy. Lo primero que miran son los santos. ¡Y cómo ríen a veces! Luego lo leen. Y lo discuten. Si les veo muy interesados dejamos el trabajo. Lo primero es lo primero. Un momento así ya vale, ¡qué duda cabe!, por todo un día de deber.
Esto es a gran trazo nuestro intercambio, esa posibilidad educativa que Freinet, un maestro francés, resume así: «Este cambio que se consigue con tan poco gasto sería, indudablemente, cuando aumente el número de escuelas que trabajen con la imprenta, de una amplitud y de un interés insospechados. No creo equivocarme al decir que puede llegar a regenerar nuestra enseñanza pública». Decimos lo mismo con respecto a España.
Es que hay que darse cuenta de lo que representa el intercambio. En nuestra escuela, por ejemplo, recibimos actualmente cuadernos impresos de toda Cataluña, de Badajoz, Huesca, Alicante y Palma de Mallorca. Y del extranjero, Francia, Bélgica y República Argentina. ¿Se quiere obra escolar más trascendente? ¿Se quiere más firme contribución a la paz —paz efectiva— mundial? ¿Quién les iba a decir a estos niños de Bañuelos de Bureba, perdida y mísera aldea entre loma desnuda y fríos intensos, teniendo que beber agua de goteras, sin luz, sin comunicaciones, casi sin pan, que sus trabajos y sus emociones recorrerían España y cruzarían los Pirineos y el Atlántico? ¿No parece un sueño?
Algunas otras actividades complementarias
Clichés.— Por diversos procedimientos rudimentarios los propios niños reproducen sus dibujos. Un cliché consiste en esto: primero, el dibujo libre, obtenido como actividad expresiva, se calca en el cristal y luego, poniéndolo del revés, se pasa con papel carbón al material que se emplee. Nosotros empleamos mucho el linóleo. Con unas plumillas en forma de gubias se graba la línea del dibujo, descarnando, finalmente, todo lo demás. Si se quiere la silueta negativa hay que vaciar todo lo que es dibujo y dejar el margen. El cliché se pega después en un taco de madera, con un espesor total igual a la altura de los tipos de imprenta. Nada más. La técnica de clichés es curiosísima y, además de ser un excelente trabajo manual, agudiza el ingenio del maestro y el de los propios niños buscando y descubriendo formas nuevas.
Encuadernación.— Los maestros franceses ya lo vienen haciendo. Nosotros pensamos hacerlo. El curso pasado ya hubo un compañero que llevó un ensayo al Congreso de Huesca. A base de las publicaciones periódicas editaremos verdaderos libros escolares. Todo hecho, claro está, en las propias escuelas. Libros de vida los llamó Freinet. Exacto.
Los ficheros general y de cálculo.— La idea de estos ficheros es poner instrumentos vivos de información al alcance de los niños. No textos compendiados para estudiar, sino documentos rigurosos al servicio del niño, para que, libremente, se sirva de ellos cuando necesite concretamente un dato, o una noticia, o un episodio, o una imagen. La ficha tiene grandes ventajas sobre el libro, aparte lo difícil que es poseer en la escuela una nutrida y selecta biblioteca. «Los libros escolares —dice Almendros en su libro— nos dan las realidades atomizadas en estudios parciales y dispersos, y la dificultad de encontrar referencias abundantes y varias de un mismo objeto es superlativa. Añádase a esto el escaso rigor documental con que están redactados y se comprenderá cómo ha llegado Freinet a la concepción —y la Cooperativa de maestros a la realización— del fichero escolar cooperativo (general), valioso instrumento de trabajo en estas escuelas renovadoras». Y añádase a esto el ser la ficha renovable, rectificable para poderla tener siempre al día.
Nosotros hemos iniciado ya el fichero general. Pensamos también en el de cálculo. Lo que cada maestro en sus lecturas y trabajos va hallando de interesante y propio para una ficha, se manda a una comisión de compañeros que lo valoran y ordenan, quienes, a su vez, lo someten a la revisión rigurosa de personas especializadas en la materia. Tenemos grandes esperanzas en esa obra, que se va perfilando interesantísima.
La filmoteca y la discoteca.— También la Cooperativa francesa tiene ya en marcha esta actividad. Nosotros aún no. Pero nos interesa. Por ser una obra de más coste, quizás tardemos más en emprenderla. Depende, claro, de la vitalidad que vaya adquiriendo nuestra Cooperativa en materia económica.
Y, en fin, otras actividades que irán surgiendo a través del espíritu cooperador que nos anima. La técnica es amplia y rica en posibilidades y matices. Y nosotros, todos los maestros de un grupo cada vez más amplio, estamos decididos a llevar a cabo su realización, siempre en actitud de revisarla y mejorarla, para obtener de ella resultados óptimos.





































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