Antoni Benaiges

SUS ARTÍCULOS

Artículos publicados por el maestro Antoni Benaiges. (Novedad)

Desde que se estrenó la película #ElMaestroQuePrometióElMar han sido cientos de miles de personas que ya la han visto  en los cines y algunas de ellas, siempre las mentes más inquietas, quieren saber más sobre este maestro singular. 

Ya sois unos cuantos los que os habeis puesto en contacto conmigo para solicitarme más información sobre Antoni Benaiges y su experiencia en la escuela de Bañuelos de Bureba. 

Pues aquí mismo, en este espacio iré publicando y compartiendo  informaciones recopiladas en mi archivo y que son artículos escritos por el propio maestro Benaiges. 

Porque todo este esfuerzo, recopilado durante años en archivos, hemerotecas,... ahora aquí publicado tiene un objetivo claro; Transcribo lo que dice mi amigo, Jesús Vicente Aguirre, este que ha hecho tanto con su trabajo militante en desenterrar la memoria de las fosas de La Rioja: 

"Y como, quiero creer y espero, escribirán muchos más. Estudiantes de Magisterio o de Historia, maestros o historiadores, investigadores, cineastas y escritores…, que nos cuenten sobre aquellos hombres y mujeres que con tanto empeño y vocación trataron de educar en libertad a los niños y estudiantes de entonces. Y que pagaron con la vida el pensar, soñar y enseñar que una sociedad más justa era posible. Empezando por la educación."

Salud!



El artículo de la película

En la película #elmaestroqueprometióelmar se reproduce parte del artículo de Benaiges en la Voz de la Bureba "Vivir":

Pienso que es unos de los artículos más políticos del maestro, por eso lo seleccionamos para la película. Pero también, como me apuntaba Guillem, familiar de Benaiges encontramos partes curiosas y de una época:

"Para resolver el problema, basta no tener serrín en la cabeza, seco el corazón y mariquita la voluntad."

Desde mi punto de vista dato curioso cuando, pienso que, las personas que forman el movimiento LGTBIQ en la actualidad y antes también, estaban en muchos frentes de lucha y no solo en el de liberación sexual, sino en la participación política de base. Dicho esto,....


Sois muchas las personas que os habeis dirigido a mi solicitándome el artículo escrito por Benaiges y titulado Vivir que aparece en el filme #ElMaestroqueprometióelmar.


Aquí lo teneis!

La voz de la Bureba fue un semanario independiente, defensor de la agricultura y de los intereses de la comarca de la Bureba, que se publicó en la ciudad de Briviesca (Burgos) entre abril de 1934 y julio de 1936. En la redacción de este periódico escribían con regularidad muchas personas de la Bureba, uno de ellos era el maestro de Bañuelos de Bureba, Antoni Benaiges.



Vivir

Cuestión previa: poder vivir.


Escalofría esta cuestión previa. Que hay humanos, ¡millones de humanos!, que carezcan de lo elemental para sostenerse físicamente, solo puede ser posible en una sociedad como la actual, donde lo que no produciendo nada y disfrutándolo todo acumulan tanta riqueza como inferioridad moral. Humanamente es incomprensible; socialmente intolerable; económicamente, suicida y estúpido Tanto como saben de números y no supieron vislumbrar lo que ahora es un desastre: el desequilibrio económico de su sistema capitalista.

A más perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo, más producción y menos hombres trabajando; a menos hombres trabajando, menos jornales y menos consumo; a menos consumo y más producción, desequilibrio. Desequilibrio, claro, cada vez más acentuado a medida que se perfecciona la maquinaria.

Así se dan las paradojas tragicómicas, que sobre pan y la gente muera de hambre, que abunde la riqueza y se promulguen leyes de restricciones, que haya obreros sin trabajo y trabajen otros día y noche.




Y por otra parte, que los obreros para defenderse, tengan forzosamente que recurrir a la huelga y al sabotaje, esto es, agravar el mal, puesto que dejando de trabajar aumentan los sin trabajo y, por tanto, el consumo es menos, y destruyendo maquinaria y producto, reducen la posibilidad de poder trabajar y comer, que es precisamente lo primero que buscan. Éste -el capital acumulado- es el monstruoso tronco- la cabeza es el Salvador de turno y los brazos de la Iglesia y el militarismo; piernas no tiene, porque como parásito que es, no anda -que defienden los del eterno bloque anti-revolucionario, que, si no supiéramos que son los que huelen a incienso de la Inquisición y a crisis del perdón, solo por llevar un anti por programa, ya se definen como aspirantes a padres de lo que ellos llaman patria.

Vivir: saber vivir

Sentado la premisa de que todo hombre pueda vivir, cuente con lo indispensable que no falta ni a los cochinos, surge un problema de índole esencialmente espiritual, que nos lleva, precisamente, a diferenciarnos de los cochinos: vivir como hombre, hacia lo hondo y cada vez más plenamente, en contra del vivir planificado, flotante, siervo de cualquier ambiente. El problema es grave: sólo uno por sí mismo puede resolverlo.

Problema íntimo: problema y dilema, ser o no ser, vivir o no vivir. Quien no resuelve su problema, es un simple ser, que se nutre y reproduce, no un hombre que sube y baja la ondulación emocional del mundo interno, goce de goces de humanidad henchido.

Como todos los problemas, y éste más que ningún otro, el problema del yo se resuelve resolviéndolo, y para ello hay que empezar, que ya es resolver algo. No hacen falta fortunas, ni talentos, ni resplandores de civilización, ni artes de birlibirloque. Ni siquiera eso que llaman sentido común, que por ser común, carece de sentido, ya que el sentido íntimo de las cosas, es una esencia personalísima y original de cada uno.

Para resolver el problema, basta no tener serrín en la cabeza, seco el corazón y mariquita la voluntad.

Los grandes hombres, contrariamente a los que la gente cree, no son siempre los grandes sabios ni los grandes genios. Stravisky, Napoleón y Torquemada, por ejemplo, fueron, sin duda alguna, tres genios en sus oficios de estafador, guerrero y asesino, respectivamente, y cualitativamente como hombres están a la altura del primer peldaño de la escala zoológica.

Lope de Vega asombra como valor literario y fue, en cambio, un hombre menos que mediocre. Los grandes hombres han de serlo íntegramente, en su idea, en sentimiento y en conducta. Sobre todo en conducta, que es el índice que nos da a conocer y hace posible la convivencia.

Franklin, Cajal, Cristo, Beethoven, Pateur, Pablo Iglesias, Concepción Arenal, Miguel Ángel, Teresa de Jesús, Giner de los Ríos, Gandhi, Tagore, Palisy, Cossio… esos, esos son grandes hombres. Creadores de sí mismos y bienhechores de la humanidad. Gracias a ellos el mundo avanza, y gracias a los Torquemadas, Napoleones y Straviskys, el mundo baila la contradanza de los jinetes del Apocalipsis: miseria, hambre, guerra, peste.

Vivir humano es una armonía superior. Natura y Cultura. Que cada acción sea la resultande te dos fuerzas honda y fuertemente abrazadas: pensamiento y sentimiento. Estar en todo momento conformes con nosotros mismos y aspirar también en todo momento a ser mejores. Satisfacción íntima por haber obrado bien; inquietud por querer hacerlo mejor. Que el alma se mueva siempre, chorree siempre, vaya siempre encauzada en trayectoria libremente concebida y libremente trazada. Extirpar de nosotros lo que dañe y estimular lo que beneficie. Abrir los ojos, que es abrir el alma. Autoeducarnos. Lejísimos de aquella fórmula que es dogma del jesuitismo: “El fin, justifica los medios”. Fórmula peligrosísima, que puede conducir a lo más canallesco imaginable. Querer ser hombre, siéndolo. Lícitos los fines y lícitos los medios.

Hemos dicho abrir los ojos. Esto no es nada fácil. Ni nada cómodo. Supone un esfuerzo y, a veces un dolor. Calentarse el cerebro pensando y arrancándole prejuicios, herir el alma para inyectarle nueva sangre moza, convertir en títere que nos divierta el “qué dirán” que nos envuelve, es tarea cuesta arriba y no siempre libre de algún zarpazo felino. Pero también cuesta arriba se respira el aire puro, se ensancha el horizonte y se siente más intensa la libertad, salud del espíritu.

Desgraciadamente, son pocos los que emprenden ese viaje cuesta arriba. Vivir en la planicie es menos complicado y nada expuesto. Vivir sin preocupaciones, acomodarse lo mejor posible y allá cuidados todos los problemas. Así discurren los más, porque los más, son los de espíritu aburguesado, abesugado. ¡Pobres infelices que viven presos de la hora presente, insípida y mezquina, sin una ilusión, sin un recuerdo, sin otras satisfacciones que la meramente fisiológicas; que lo creen todo y no creen nada, porque les es igual; que trabajan y no crean, porque en nada ponen emoción de artista; que viven, en fin, desapercibidos, anónimos, sin haber sido un instante admirados, y mueren peor que vivieron buscando tablas de salvación! Verdaderos “sepulcros blanqueados”, como ha dicho Pedro Mata.

Y ese espíritu aburguesado, degeneración de aquel espíritu varonil, que supo derrumbar el feudalismo medieval, no vaya a creerse que es peculiar de la llamada clase burguesa, aunque en ella se cobijen los más. Lo aburguesado no es un sector político; es una calamidad pública que alcanza a cuantos no saben erguirse buscándose a sí mismos.

Leer. Saber leer en los libros, en la Naturaleza y en la misma vida. Pensar. Vibrar.

Dos preguntas que nos inquieten: ¿Qué soy yo de mí para dentro, como entidad personal? ¿Qué soy yo de mí para fuera, como parte de una entidad colectiva? El “yo” y el “tú”. En definitiva, el “yo” solamente. Cuando cada “yo” sea una ética, que será un vivir y una conducta, la sociedad podrá alardear de culta y civilizada.

Acariciemos una palabra: Luz. Huyamos de otra, hecha sistema por quienes viven al amparo de ella: obscurantismo.

Antonio Benaiges y Nogués.
Bañuelos de Bureba,

Enero 1936
[Transcripción Alberto Conejero]








La revista Colaboración. Voz de los maestros de Freinet


En marzo de 1935 aparece el primer número de la revista Colaboración, que era el órgano de la Cooperativa de maestros de la imprenta en la escuela; su última publicación saldrá en julio de 1936. En total se publicaron 15 números y encontramos bastantes artículos de Antoni Benaiges. La revista era el medio de comunicación de los docentes y sirvió como atalaya de difusión de muchos trabajos. Sin duda jugó un importante papel motivador para aquellos maestros diseminados por todo el territorio y que se encontraban en zonas más aisladas e inaccesibles. Sin ella, muchas de estas experiencias no se hubieran llegado a materializar.

Pero Colaboración no era tan sólo el medio donde se compartían experiencias escolares, también era el espacio de distribución de prensas, tipos, caja de tipos, rodillos, gubias, tintas y todo el material necesario para hacer las publicaciones infantiles y convertir el aula en una auténtica cooperativa de imprenta escolar.

El maestro Benaiges fue el socio o como ellos decían accionista número 31 de la Cooperativa española de la Técnica Freinet, participó en este medio muy activamente, aquí comparto sus artículos:  














Article transcrit:

AZUL Y ROJO

La imprenta en la Escuela

«Para Antonio Benaiges»

¡La imprenta en la Escuela! ¡El problema de la Escuela resuelto! El problema de la Escuela resuelto y nada más y nada menos! Y la humanidad de pie. Hay que saber verlo, hay que saber vivirlo y sobre todo hay que saber que nuestra vida se ha de consumir en eso, sin que así, a lo largo de nuestra existencia, ni al acabamiento de ella pueda entrarnos por los ojos el coronamiento de la obra, porque ésta ha de ser resultado de la actuación de todas, absolutamente de todas las Escuelas, y la nuestra no es más que una. ¿Estamos? Pues sabiendo hablar mucho y bien, hay que saber, imprescindiblemente, hablar poco y hacer mucho. ¡Mucho! ¡Salud!

Paco Itir

(En el momento de despedirnos en Villanueva y La Geltrú para venirme a Bañuelos de Bureba el compañero inolvidable me regaló un libro y en él escribió estas palabras. Las he leído mil veces y quiero, por lo que tienen de furor y elevación, hacerlas umbral de este trabajo).



Al idear Freinet que la imprenta podía ser base de una nueva técnica escolar, lanzó al mundo la simiente que ha de motivar —motiva ya— hondas transformaciones en el concebir y el hacer educativos. La imprenta en la Escuela es una ventura. Libera al niño de su peor enemigo: el maestro. Hablo en serio. Al maestro cumple demostrar lo contrario. Esto es, que educa.


Educar. ¿Pero qué es educar? Desde luego, algo complejo. De momento sabemos que no es enseñar ni es conducir. Enseña el profesor. Conduce el pedagogo. Veamos. El ser a quien nosotros, los maestros, hemos de educar es el niño. El niño tiene una personalidad, tiene valores propios y característicos. Educar ha de ser algo que respete estos valores, que no los falsee o reduzca. Respetar el niño no es mostrarse pasivo con él, dejarle hacer. Esto no basta. En este caso no se necesitaría del maestro. Hemos dicho que el niño tiene valores propios. Pero son valores en germen y agítanse en la penumbra. Son valores en posibilidad. Hay que hacer que accionen y adquieran significado. Estimularlos. «Tirarles piedrecitas», diría Ortega y Gasset. Faena bien simple a primera vista. Sumamente delicada si seguimos la trayectoria de cualquier proceso psíquico...


Aparece aquí el maestro. Carácter. Sensibilidad. Hacer reflexivo. Pasión. Horizonte. Azul y rojo en constante alborozo. Primor: estimación al niño y afán de conocer profundamente su naturaleza. ¿Cómo? Por contacto y observándole en sus manifestaciones. Respeto a su espontaneidad. Que salga él tal como es. Y luego estructurar el trabajo de la Escuela conforme a esa salida libre, inédita, a esa fronda inmensa y multiforme, siempre jugosa y expansiva, aterciopelada...


Respeto y estímulo. En esto descansa la técnica de Freinet. Respetar para hacer posible el estimular. Dado un niño y una acción, producir una reacción. Personalidad: suma de acciones y reacciones. Instrumento educativo: la imprenta. Maestro y niño: temperamentos actuantes. Ambiente: nota de conjunto. Perspectiva: llegar a ser uno siendo uno mismo. Freinet, un maestro de Francia, es maestro en todos los países.
Realidad y Emoción


No tenemos aún la imprenta en la Escuela y ya hablamos de ella. Todos los días. Ansia de que nos llegue la imprenta. Color y aureola en torno a esa cosa desconocida. Lo que es misterio pronto dejará de serlo. Los ojos podrán verlo, las manos podrán tocarlo, el alma podrá penetrar por entresijos de infinita emoción... Haremos un periódico. Como los hombres. Mejor que el de los hombres, porque será de cosas nuestras. Cosas de niños y para niños. Lo leeremos. Lo leerán todos los del pueblo. Y en otros pueblos. Y en otros países... ¡Cuánto tarda en llegar la imprenta! ¿No se habrá perdido? Pero no. Esperemos. Esperamos y no podemos contenernos. Y vamos haciendo trabajos, aún sabiendo que nos salimos de lo normal...


¡Al fin!... Transcribo la nota de mis memorias: «Buen día. Hoy nos ha llegado la imprenta. Mientras abría la caja, hubo espectación entre los niños. ¡Qué será! También yo sentía cierta impaciencia. Y gozo. Al fin aparece. La miramos, la tocamos. Comienzo a poner los tipos en el tablero. Pronto quieren hacerlo todos. Desorden. Trato de imponerme. ¿Pero por qué turbar un momento tan lleno de vida? Además, la culpa era mía. Renace la calma. Al terminar la clase todo ha quedado debidamente distribuido. Mañana arreglaré la prensa y haremos algunas pruebas. Y enseguida el periódico. Le llamaremos «Gestos». Gesto es carácter. Expresión libre. Matiz. Vida. Atributos todos de la Escuela.»


Espectación. En medio de la sala de clase una mesita con la imprenta. Yo, sentado, compongo. En realidad aprendo a componer. Titubeos. Apenas sé lo que me hago. Pero va saliendo. En torno, los niños de pie y tirados por las mesas. No pueden ver todos y se apretujan. Unos se marchan, cansados de no ver nada. Otros vienen intentando ver de nuevo. Hablan. Hacen lo que quieren. Barullo... Despunta un niño. Honorato. Coge un componedor. Honorato ha compuesto su nombre. ¡Qué bonito! Teófila, Felisa, Ramona, Félix... también quieren componer su nombre. Todos quieren componer su nombre. Se preguntan unos a otros. ¡Aparta, tú que sabes! Todos quieren saber y todos van sabiendo.


A los dos días queda compuesto el primer trabajo. «Briviesca». Más aspectación. Honorato calca un dibujo en el cristal. Lo pasa al linóleo. Saco las gubias y comienzo yo a trabajar el cliché. Los mismos titubeos. Honorato me dice que él sabe hacer eso. Y lo hace. Con mucha más maña que yo. Estupendo. Preparo la página y... ¡la imprimo! Emoción. Pero sale mal. Muy mal. ¡Qué pena! Nota de mis Memorias: «Hoy hemos tirado la primera página del periódico. Estupendo. Hasta que se ha terminado no hemos salido de la Escuela. Era ya de noche. Ningún niño ha querido marcharse antes. Pero me ha costado gran trabajo conseguir que saliese bien. Por ser la primera impresión, había que poner la prensa en condiciones. Parches y más parches. Más de dos horas preocupado y de mal humor. Los niños mirando calladitos. O leyendo cuentos. Después ha cambiado la cosa. Mientras imprimíamos la tirada todo ha sido animación. Charla y canturreo. He llegado a casa muy satisfecho.»
Interpretación y realización


Hay que organizar la Escuela. Que cada niño tenga algo que hacer. Lo que sea. Prohibido estar entre los que trabajan y no hacer nada. Observo que hay dos grandes grupos de niños. Como en toda Escuela. Los que conocen la mecánica del lenguaje y los propiamente analfabetos. De momento excluyo a éstos de la imprenta. No veo claro. No entiendo cómo el niño desde un principio pueda aprender a leer y escribir sin someterse a un orden de ejercicios preestablecidos, manejando letras de molde según exijan sus propios pensamientos emitidos. La imprenta en mi Escuela supone, pues, saber leer y escribir bien o mal. Que la nueva técnica se extendiera a todos los niños lo considero atrevido, demasiado feliz. Sin embargo, la idea me seduce y entreveo que es posible. El curso próximo lo intentaré. Adquiriré otros tipos de imprenta, la póliza que llamamos material. Hasta ahora, para el aprendizaje de la lectura y escritura me he servido de «Norma», la obrita de V. Pinedo.


Los niños hacen su vida normal. Juegan. Ríen. Cantan. Corren. Se pelean. Saltan la huerta. Se caen del mulo... Toman parte en las Fiestas, costumbres, ritos... Visten, hablan, se conducen según los modos de una realidad. En la vida del niño hay, pues, material abundante para el propósito que nos guía. Yo, el maestro, procuro recoger ese material. Lo más espontáneo posible. Que chorree. Unas veces se refiere solamente a la vida de uno o más niños. Otras, a la vida del pueblo en general. Igual interesan. Partimos siempre de un trabajo escrito sobre el hecho recogido. Si es general lo escriben todos los niños. En el caso particular únicamente el niño o niños a quienes afecta. Se copia el trabajo —si son varios escojo uno: a veces el peor— en la pizarra y los niños, a su vez, lo copian en una cuartilla. En este trabajo de pura copia nos esmeramos de un modo especial en el arte de hacer letras. Después se lee el escrito de la pizarra. Tal como está. Y claro, el niño tropieza. ¡Y qué tropiezos! No es raro que la lectura se haga imposible. Salimos como podemos del enredo. La cuestión es que los niños comparen el escrito con su pensamiento y su habla. Y vean por sí mismos lo que esté mal expresado. Lo que suelen pensar y decir con soltura y hasta con elegancia —¡es curioso!— aparece en el escrito lleno de incorrecciones. Leído el escrito y visto en su conjunto, pasamos a corregir pensamiento por pensamiento y, dentro de cada pensamiento, palabra por palabra. A medida que corregimos el trabajo, los niños van escribiéndolo de nuevo. Cuando está terminado lo leemos varias veces.


Me parece ahora oportuno desvanecer un temor que he creído observar en algunos compañeros. Al menos decir lo que yo entiendo sobre la cuestión. Yo, es verdad, intervengo mucho en las redacciones de los niños. Cuando una palabra o un giro es incorrecto o simplemente de poco gusto, hago que de los mismos niños salga la enmienda. Pero si una vez agotados los recursos no aparece la expresión que buscamos, se la doy yo. Sin titubeo alguno. Las palabras, al fin y al cabo, no son más que vehículos de las ideas. Tal como nos las dan hechas las utilizamos. En nada afecta a la personalidad. En cambio, no seré yo quien dé una idea hecha al niño, aunque el escrito la reclame. La idea, si ha de tener valor, es algo que ha de nacer en cada uno. Algo de propia elaboración, característico y fundamental en la personalidad. Dar palabras es ilustrar; dar ideas es entorpecer. Hay un código limitado de palabras; es infinito el aflujo de ideas. Las palabras se almacenan; las ideas se confunden con la misma carne. Claro que el enriquecer el lenguaje del niño no ha de ser en menoscabo de su jugosidad. En modo alguno. Precisamente esa jugosidad del niño tan suya, es médula de la nueva técnica que propugnamos.


El trabajo está corregido, dispuesto para la imprenta. Dos niños —uno de ellos casi siempre el autor— lo componen. Yo me asomo a menudo, pues lo permite el tener la imprenta en la misma sala de clase. Hago observaciones. Compuesto el trabajo y hecho el cliché se imprime todo. La impresión la hago yo. Es delicado. Además, en nada desmerece el trabajo del niño. Los primeros momentos de la impresión despiertan siempre júbilo. La impresión es la síntesis del proceso educativo. Los niños se ven allí, en la hoja, reflejados, sus andanzas, sus pensamientos, sus explosiones aparecen esculpidas para hacerse universales. Es la dignidad en forma de orgullo que vibra por los ámbitos...
La letra Scrip


Nuestro periódico «Gestos», tiene 24 páginas y sale cada tres meses. Sin hacer de ello rigidez que nos obligue. El periódico no es un fin. Es un resultado. Está sujeto, por tanto, a las ondulaciones del caminar y a las temperaturas del sentir. El no publicar más que un número cada tres meses permite las 24 páginas y un mayor esmero, con lo cual entiendo que el periódico gana en categoría, es más económico y hace que en la perspectiva educativa asome más intensa la emoción. Para los efectos del intercambio escolar, no creo que esto entorpezca lo más mínimo. Cada Escuela envía sus publicaciones. Las que sean y como sean.


Letra Scrip. Desde un principio la hicimos nuestra. Es tan sencilla como bella. Se objeta que requiere más tiempo. Es verdad. Pero el factor tiempo ocupa un lugar muy secundario en educación. En cambio, las ventajas son sugestivas. Escribiendo con calma se piensa más y mejor. Y la sensibilidad, ante la mano que hace arte y los centelleos, se fluidifica y afirma, adquiere tono para producir deleites insospechados...


Papel sin rayar. No usamos otro. Porque vamos al sentido profundo de la libertad. Sentido vital. El papel rayado es pauta. La pauta es conducción. O lo que es igual, dejarse llevar. Si la sinonimia existiese, y maestro y pedagogo fueran sinónimos, veríamos con indiferencia esto que parece un detalle. Quizá lo hiciéramos un buen auxiliar. Pero no. El niño, para ser educado, necesita camino libre, trazarse por sí mismo la trayectoria de sus actividades. ¿Que con papel sin rayar el niño escribe torcido? Mejor. Un motivo más para mejorarse yendo derecho. Dejémosle. Él sabe de primores más que nosotros. A los pocos meses de escribir con papel sin rayar nos lo demuestra.


Dos palabras y termino. Dentro de la marcha normal de la técnica, he intentado algunas veces convertir el asunto principal de la redacción en «centro de interés». Una charla y unos ejercicios en torno a las materias escolares. Pero mi tendencia a enseñar cada día menos ha hecho que no ponga entusiasmo en ello. ¿Qué opináis, compañeros? El fichero de cálculo, la biblioteca de trabajo... ¿qué es en concreto todo esto? Porque yo, en Francia, apenas me enteré de nada. Me anda por la cabeza una idea: reunir en varios álbumes lo más que pudiéramos del folklore español. En colaboración. ¿Qué os parece?


Salud.


ANTONIO BENAIGES Y NOGUÉS

Maestro nacional de

Bañuelos de Bureba (Burgos)
































DEL HACER EN LA ESCUELA

Una técnica de trabajo escolar

La Técnica Freinet

por Antonio Benaiges

Maestro de la Escuela Nacional mixta de Bañuelos de Bureba (Burgos)










DEL HACER EN LA ESCUELA

Una técnica de trabajo escolar

La Técnica Freinet

por Antonio Benaiges

Maestro de la Escuela Nacional mixta de Bañuelos de Bureba (Burgos)

Lo que fué un modesto ensayo es ya una técnica lograda. Modesta también, pero firme de base y de caminar seguro. No se trata de un método más, uno de tantos, simplemente interesante por ser nuevo y venirnos del extranjero, sino que creemos haber hallado un modo feliz y definitivo de valorar y enriquecer la auténtica vida del niño, su auténtico interés por las cosas. Es una técnica educativa que llena plenamente la actividad diaria, sistemática y viva de un puñado de escuelas, todas bien abiertas para cuantos maestros quieran ver de cerca cómo con una sencilla y elemental imprenta logramos que los niños, sin imposición alguna, se lancen a expresar diáfanamente todo el hervor de sus propios pensamientos y emociones, creando su propio y verdadero saber.

Pero para comprender esta técnica precisa, indispensablemente, hacer un esfuerzo de penetración, predisponerse. No porque sea algo enigmático, sino porque es preciso salvar el arraigo que ha cobrado en los maestros el clásico trabajo escolar a base siempre —por mucho que se lo quiera disfrazar con pretensiones de escuela activa— de lecciones, libros, programas y asignaturas, todo determinado a priori y de espaldas a la realidad psíquica y concreta del niño. Y hay que desengañarse. A los niños les suena a hueco lo que muchas veces creemos que los hace sabios. Ni les sirve luego para gran cosa. ¡Lástima de esfuerzo! ¡Trabajo perdido! Tan perdido, que, después, esos mismos niños vuelven de adultos al maestro para que les refresque aquellas primeras letras. ¡Si les llegarían hondo! Pues no. O la escuela adopta una actitud de sinceridad, reconociendo francamente el valor niño y a base de él orienta la actividad, o ciérrese la escuela, por vacía y estéril y triste y antipática; por no saber dejar emoción alguna en la infancia y resignarse estúpidamente a ser remolque y anécdota.

La imprenta en la escuela va a eso, mejor dicho, es eso: descubrir ante el niño y a través del niño al niño mismo, y con ello que goce y cree, que se afirme, que afirmándose sabrá, indiscutiblemente, ser más libre y saber más y amar más; hacerse mejor, en suma.

Un postulado: la expresión libre

Como se recordaba en un artículo editorial de «Colaboración», nuestro boletín cooperativo, oímos decir a maestros: «Es curioso e incomprensible: tanto que hablan los niños en sus primeros años y, cuando llegan a la escuela, se escudan en un mutismo desesperante. No nos es posible a los maestros saber cómo piensan ni lo que piensan; el niño ofrece en la escuela una actitud impenetrable. Y lo más curioso es que, fuera del ambiente escolar, vuelve a manifestarse y a hablar con una expresión superabundante». Y se dice más adelante: «No es extraño que el niño calle en la escuela. No es extraño que nos ofrezca su faceta impenetrable. Es una reacción de defensa, cuando no el gesto hosco de sentirse incomprendido y despreciado en su vida auténtica».

Hay que reconocer esta verdad, porque todos la hemos vivido. Y si es el niño quien ha de ser educado, ¿cómo puede producirse su educación si no le tenemos en cuenta de él hacia dentro?

Freinet veía la ficción y se propuso hallar una escuela más real, más viva. Y tras mucho meditar métodos y experiencias, sobre todo las realizaciones decrolyanas por ser las que más se aproximaban a donde quería ir él, la halló. Halló la manera de vitalizar la escuela, de hacer que el niño se manifestase, chorrease vida propia; que la expresase libremente, espontáneamente, con todo el jugo que con ella sale.

Superó, pues, la idea decrolyana, que organiza la actividad escolar a base de las cuatro grandes necesidades del niño, es decir, a base de las supuestas y generalizadoras necesidades del niño, pero no de su propia realidad íntima, de su pensar, de su sentir y de su querer respecto a esas necesidades. Por otra parte, el Dr. Decroly afirma la importancia primordial del interés para la adquisición de la lectura, pero cuando propugna la necesidad de despertar el interés postula un interés provocado que adolece de falsedad y admite el divorcio entre la escuela y la vida, como si el interés no existiera fuera de la clase. A la frase tipo determinada de antemano por el maestro, la expresión espontánea del propio niño, fresca y jugosa, vital, que no necesita de interés provocado, porque ya va con ella consubstanciado.

Asomaos a nuestras escuelas y veréis la cantidad fabulosa —así, fabulosa— de escritos y dibujos que espontáneamente realizan los niños. Pero, sobre todo, qué substancia, qué alma hay en ellos. Grata sorpresa fué para nosotros, porque también nosotros hemos visto impenetrable al niño, cerrado a todo lo infantil en sus obligadas redacciones superficiales, ñoñas y amaneradas y en sus dibujos de puro calco. Y más grato aún cuando pudimos observar cómo los pequeños que no sabían escribir acudían a otros niños a contarles en voz baja sus cosas para que se las escribieran.

La libre expresión es para nosotros una cuestión definitivamente resuelta. Y ella es fundamento y primer postulado de la «técnica». La realizamos pura, tal cual la ideó y realizó Freinet, no por dogmática fidelidad a una norma, puesto que en otros aspectos nos adaptamos a la realidad española y, dentro de ella, a cada una de las escuelas y a cada uno de los niños, sino por ser un principio insuperable y aplicable en cualquier país, en cualquier escuela y a cualquier niño, sean todo lo acentuadas y particulares que fueren las características que diferencian a los niños entre sí.

El valor de la técnica.— Se ha dicho ya en «Colaboración» al probar que el primer postulado es la expresión libre. Lo hemos dicho al afirmar que el valor de la técnica no está en imprimir. Hay que repetirlo. Y habrá que gritarlo: el valor de la técnica no está en imprimir. Imprimir es cosa indispensable, pero no fundamental. Tampoco está el valor en componer, ni en escribir o redactar, ni en dibujar ni en grabar. Cada una de estas cosas, así, aisladas, son bien poca cosa: realizaciones más o menos brillantes de muy escaso valor educativo. Es lo importante el conjunto de todas ellas; el trabajo.

He aquí la palabra que a nuestro entender expresa con justeza el valor de la técnica: trabajo.

Para el niño, estímulo. Estímulos, motor y emotivo inagotables. Para el maestro o desde el maestro, el valor de la técnica está en el proceso.

Hemos de partir ya —naturalmente— de una escuela ambientada. Alegre, flúida, camarada, seria. Sin castigos ni premios; sin recelos, ni desconfianzas, ni temores, ni distingos, ni delaciones. Mientras no exista esa atmósfera, ese aire espiritual respirable y respirado, una realidad amable y provocativa, tan sólo sea en atisbo, inicial, pero movida, que camine, ¿a qué hablar de proceso educativo? Esto es fundamental.

Lograda la ambientación, el proceso de la técnica se da claro y preciso, limpio. Copiamos de un editorial de «Colaboración»: «Este es el proceso: hablar, escribir, dibujar; hablar, dibujar, escribir; dibujar, hablar, escribir. Después vienen las operaciones complementarias: componer, grabar; unos hacen una cosa, otros otra; ajustar, formar el molde y, por fin, entintar e imprimir. Nada: la cosa hecha.

Después a limpiar, a descomponer, a distribuir en el cajetín; a deshacer lo hecho. Pero la obra queda, no desaparece. Este es, como ninguno y como el de ninguno de los «nuevos modos» de la escuela nueva, el gran valor de nuestra técnica: el niño construye, crea, deshace lo que ha construido, con lo que ha creado, y su creación subsiste, es eterna y algo más; mediante la comparación por él mismo, es mejorable. Experimenta el placer de construir, saborea el dolor de deshacer su construcción, y goza la satisfacción infinita de que su obra no se destruya. En la calle, en el campo, en la playa, con barro, con piedras, con arena edifica una casa, un castillo, un palacio... ¡Ah, si pudiera suprimir el barro, las piedras o la arena, sin que la casa, el castillo o el palacio desaparecieran, sería más feliz! Construiría otros mejores.»

Y con nuestra técnica construye y crea lo suyo, nada menos, ni nada más que lo suyo; va deshaciéndolo luego, pieza por pieza, letra por letra, toda su edificación y, su obra, su gran creación, no se destruye; subsiste y flamea ante sus ojos y los de sus amigos a quienes él se la muestra satisfecho, como su propia ilusión hecha realidad, para volver a empezar y a hacer otra mejor. Y la hace.

Y lo que dicen estas líneas es también una realidad cabal y de todos los días en nuestras escuelas. Cuando pensamos en aquellas otras cuyo primer postulado es el derecho del maestro a imponer, y cuya finalidad única es hacer que el niño vierta toda su intimidad en otra intimidad que es la clase; cuando pensamos en lo que sufrimos nosotros de pequeños y sufrían y sufren aún tantos otros niños tan sólo al pensar que llegaba la hora de ir a la escuela, sentimos como una envidia de nuestros niños, como un deseo de volver a ser como ellos para volver a la escuela, a una escuela como las nuestras, todo alegría y bullicio, sol interior...

La lectura, libre actividad.— Era natural que Freinet, tan pronto encontró el medio de reemplazarla, suprimiese la habitual clase de lectura soberanamente monótona y aburrida y estéril y antinatural. Otro tanto hemos hecho nosotros. Como ya contábamos con ello, no nos extrañó que la novedad no gustase a los padres. Pero, claro, no hicimos caso. La tarea de la escuela es reflexiva, técnica y, por tanto, nuestra, de los maestros. De la lectura en común, que no es ni siquiera actividad, hemos hecho actividad y leer libre. De una rutina, ya tumor, un flúido, una emoción. Y buscamos un arte. A una obligación de seguir el punto, una necesidad de seguirlo. «En la lección habitual de lectura, dicen Dottrens y Margairaz en su libro «L'Apprentissage de la lecture par la méthode globale», cuando un niño lee en voz alta y sus compañeros siguen el texto con la vista, el maestro exige a estos últimos un ejercicio psicológicamente imposible: no les es posible seguir. Y cuando son castigados por no saber proseguir en el lugar donde el compañero quedó, son castigados injustamente. Todos los esfuerzos que hagan para adaptarse y seguir el ritmo del lector no ejercitan sino esos movimientos regresivos de los ojos que una buena educación de los hábitos de lectura debe esforzarse en hacer desaparecer». La última satisfacción que nos cabía a ese respecto.

¿Qué leen principalmente los niños de nuestras escuelas? ¿Cuándo? ¿Cómo? Leen sus propios escritos, hojas impresas luego, y los de sus compañeros. Leen los cuadernos una vez terminados; leen los trabajos que se reciben de otras escuelas y leerán manejando fichas y libros cuando tengamos esto organizado y en marcha. Leen por propio impulso, por propia necesidad, y cuando lo desean. A media voz o silenciosamente, también como desean. Y para que no parezca poca práctica de lectura, poca cantidad, véase lo que afirma Freinet y lo que pueden afirmar muchos de nuestros compañeros: «Durante el curso 1924-25 hemos llegado a imprimir alrededor de 2.000 líneas, que corresponden a un libro ordinario de lectura de 100 páginas. En el curso de 1925-26, el total de nuestros dos libros de vida alcanzó las 3.000 líneas. He ahí nuestro libro, no sólo copioso, sino vivido, trabajado, escrutado línea a línea.»

Colaboración.— Apenas hay en nuestro trabajo actividad individual, aislada de la obra común. Todo va impregnado de espíritu colaborador, amplio. Y no solamente dentro de cada escuela, sino que ese espíritu colaborador forma, gracias a los intercambios, una red entre todas las escuelas que practican la «técnica». Además, los maestros estamos organizados en Cooperativa, publicamos un Boletín y, anualmente, celebramos Congresos. Y aun particularmente nos escribimos largas cartas tratando siempre de lo mismo: nuestra labor. No hace mucho me decía en una carta un compañero: «Bien, amigo Benaiges. Como creo que nuestro trabajo ha de ser obra de todos y no brillo de nadie, he pensado que vosotros...» «Recuerda que nos debes una ficha ya casi completa y un original para «Lo que escriben los niños»» «¿Qué te ha parecido «Vida hurdana»? (1)...» Obra de todos. Colaboración. Amplitud y eficacia. Ánimo. Generosidad...

¿Qué es, prácticamente, la colaboración en nuestras escuelas? Aparte la organización en cooperativa escolar, basta decir que cualquier trabajo, una vez el niño ha emitido —verbal, escrito o gráfico— su original, es trabajo de colaboración en todo su proceso. Más adelante veremos si nos es posible dar una idea clara de esto.

Ese espíritu de colaboración, ese diluirlo todo en intereses colectivos, no supone ni remotamente anulación del individuo. Precisamente nuestra técnica persigue el libre y total desenvolvimiento del niño para que afirme, robusta, su personalidad. Que es, sin rodeos, lo que quiere decir educación. Pero es que el espíritu de colaboración es, afortunadamente, tendencia en el niño. Es su sociabilidad. Observémoslo en el juego —en el juego libre, claro— pristina actividad libre. Y aunque así no fuese, deber nuestro sería inculcarle ese espíritu, puesto que en la vida —la presente, la pasada o la venidera— tanto más cuanto más perfecta, hay necesariamente colaboración, coordinación colectiva de esfuerzos para lograr, con menos trabajo, mayor y mejor eficacia. Es ley de economía biológica.

La imprenta.— Ya lo hemos dicho, es una imprenta sencilla y elemental. Parece un juguete. La manejan con toda facilidad niños de seis años. Y hasta de cuatro años. Un equipo completo de imprenta es esto: una prensa de hierro, una póliza de caracteres cuerpo 12 ó 28 —lo usual—, componedores, interlíneas, rodillos, tintas, papel, material para clichés —linóleo, cartón, madera, cinc, etc.—, tacos y regletas de madera, gubias o estiletes, maquinilla de coser, cola, pinzas, tijeras y destornillador. Nada más. Todo junto no llegará a pesar 15 kilos y cabe en un cajón de esos corrientes de azúcar. Todo junto costará unas 250 pesetas. Todo lo suministra la Cooperativa (Pons y Gallarza, 27, Barcelona, S. A.).

Realización práctica

Al principio me costaba gran trabajo lograr que los niños contasen sus cosas. Aquella actitud impenetrable de que hablábamos parecía en estos niños congénita. Tenía muchas veces que darles los temas. Y aun encenderles los hechos. Pero poco a poco fueron abriéndose, dando en el clavo. Hoy, no solamente no tengo que sugerir para que cuenten algo, sino que no salgo de mi estupor al verme con tantos trabajos. ¡Y qué trabajos! Todas las noches, al leerlos, me entra pena pensando en los muchos que quedarán sin publicarse.

Se escoge por los niños uno de esos escritos. No siempre resulta elegido el mejor escrito formalmente, sino el que encierra un tema más interesante y más sinceramente expuesto. Yo o uno de los niños lo escribimos en la pizarra. Los niños, a su vez, lo copian en una cuartilla. Este ejercicio es nuestra sencilla clase de caligrafía, de esmero para hacer la letra clara. Después, el autor lee el escrito de la pizarra. Tal como está. El niño, claro, tropieza. ¡Y qué tropiezos! Esos tropiezos que en un principio hacen a menudo la lectura imposible, pero que a medida que el escribir refleja pensar, van disminuyendo. Salimos como podemos del enredo. La cuestión es que los niños comparen lo escrito con lo que querían decir y lo que dirían hablándolo. Y vean por sí mismos lo que está mal expresado. Autocrítica. Rectificación o ratificación. Mejoramiento.

Leído el escrito y visto en su conjunto —asunto que se trata, omisiones interesantes, si resulta largo, título, etc.— corregimos pensamiento por pensamiento; dentro de cada pensamiento, cosa por cosa —el valor cosa es convencional, pero va muy bien para ver claro el empleo de la coma— y, dentro de cada cosa, palabra por palabra. Este modo de corregir los escritos es muy sencillo y rigurosamente científico. Está de acuerdo con la función mental a la que Piaget y Claparède han llamado visión sincrética y Decroly función de globalización. La corrección sale casi siempre de los mismos niños. Pero si, agotados todos los recursos, no aparece la expresión satisfactoria, dentro naturalmente del lenguaje infantil, se la doy yo. Sin titubeos. Las palabras, al fin y al cabo, no son más que vehículos de las ideas. Darles ideas, en cambio, sería entorpecerles e inmiscuirnos en asuntos demasiado personales. Ofrecer estímulos, pero que la idea surja, según un ser, del fondo del propio niño.

El escrito está corregido, dispuesto para la imprenta. Si antes no se ha hecho el dibujo y el cliché, se hacen ahora. El mismo autor del escrito u otro niño. A veces lo hacen entre varios.

Dos o tres niños, uno de ellos el autor, pasan a la imprenta y componen el escrito. Yo me asomo a menudo, pues lo permite el tener la imprenta donde debe estar, en la misma sala de clase. Si es necesario les hago alguna observación. O son ellos quienes me preguntan.

Compuesto el escrito, se justifica, que así creo que se llama en imprenta el dar a la línea su forma perfecta y definitiva. Se prepara el molde y... a imprimir. Allá va la hoja. Júbilo... Un niño entinta, otro imprime, otros dan y llevan las hojas y las tienden en las cuerdas. Luego a lavar, a descomponer, a distribuir. Ya no queda ni rastro. Pero brillan cien hojas y brillan unos ojillos. Es la obra plenamente lograda, empapada de vida, y es la vida altamente motivada y significada gracias a una obra.

El intercambio de impresos

Llega el cartero. ¡El cartero!, es la consabida exclamación. Visita diaria, pero de categoría. Todos suspendemos el trabajo. En seguida se forma un grupo cerca de la ventana, donde hay más luz. Entre mi correspondencia van a menudo unos cuadernos de color dobladitos y con una faja. Los niños ya lo saben: es lo suyo. Se lo doy. Lo primero que miran son los santos. ¡Y cómo ríen a veces! Luego lo leen. Y lo discuten. Si les veo muy interesados dejamos el trabajo. Lo primero es lo primero. Un momento así ya vale, ¡qué duda cabe!, por todo un día de deber.

Esto es a gran trazo nuestro intercambio, esa posibilidad educativa que Freinet, un maestro francés, resume así: «Este cambio que se consigue con tan poco gasto sería, indudablemente, cuando aumente el número de escuelas que trabajen con la imprenta, de una amplitud y de un interés insospechados. No creo equivocarme al decir que puede llegar a regenerar nuestra enseñanza pública». Decimos lo mismo con respecto a España.

Es que hay que darse cuenta de lo que representa el intercambio. En nuestra escuela, por ejemplo, recibimos actualmente cuadernos impresos de toda Cataluña, de Badajoz, Huesca, Alicante y Palma de Mallorca. Y del extranjero, Francia, Bélgica y República Argentina. ¿Se quiere obra escolar más trascendente? ¿Se quiere más firme contribución a la paz —paz efectiva— mundial? ¿Quién les iba a decir a estos niños de Bañuelos de Bureba, perdida y mísera aldea entre loma desnuda y fríos intensos, teniendo que beber agua de goteras, sin luz, sin comunicaciones, casi sin pan, que sus trabajos y sus emociones recorrerían España y cruzarían los Pirineos y el Atlántico? ¿No parece un sueño?

Algunas otras actividades complementarias

Clichés.— Por diversos procedimientos rudimentarios los propios niños reproducen sus dibujos. Un cliché consiste en esto: primero, el dibujo libre, obtenido como actividad expresiva, se calca en el cristal y luego, poniéndolo del revés, se pasa con papel carbón al material que se emplee. Nosotros empleamos mucho el linóleo. Con unas plumillas en forma de gubias se graba la línea del dibujo, descarnando, finalmente, todo lo demás. Si se quiere la silueta negativa hay que vaciar todo lo que es dibujo y dejar el margen. El cliché se pega después en un taco de madera, con un espesor total igual a la altura de los tipos de imprenta. Nada más. La técnica de clichés es curiosísima y, además de ser un excelente trabajo manual, agudiza el ingenio del maestro y el de los propios niños buscando y descubriendo formas nuevas.

Encuadernación.— Los maestros franceses ya lo vienen haciendo. Nosotros pensamos hacerlo. El curso pasado ya hubo un compañero que llevó un ensayo al Congreso de Huesca. A base de las publicaciones periódicas editaremos verdaderos libros escolares. Todo hecho, claro está, en las propias escuelas. Libros de vida los llamó Freinet. Exacto.

Los ficheros general y de cálculo.— La idea de estos ficheros es poner instrumentos vivos de información al alcance de los niños. No textos compendiados para estudiar, sino documentos rigurosos al servicio del niño, para que, libremente, se sirva de ellos cuando necesite concretamente un dato, o una noticia, o un episodio, o una imagen. La ficha tiene grandes ventajas sobre el libro, aparte lo difícil que es poseer en la escuela una nutrida y selecta biblioteca. «Los libros escolares —dice Almendros en su libro— nos dan las realidades atomizadas en estudios parciales y dispersos, y la dificultad de encontrar referencias abundantes y varias de un mismo objeto es superlativa. Añádase a esto el escaso rigor documental con que están redactados y se comprenderá cómo ha llegado Freinet a la concepción —y la Cooperativa de maestros a la realización— del fichero escolar cooperativo (general), valioso instrumento de trabajo en estas escuelas renovadoras». Y añádase a esto el ser la ficha renovable, rectificable para poderla tener siempre al día.

Nosotros hemos iniciado ya el fichero general. Pensamos también en el de cálculo. Lo que cada maestro en sus lecturas y trabajos va hallando de interesante y propio para una ficha, se manda a una comisión de compañeros que lo valoran y ordenan, quienes, a su vez, lo someten a la revisión rigurosa de personas especializadas en la materia. Tenemos grandes esperanzas en esa obra, que se va perfilando interesantísima.

La filmoteca y la discoteca.— También la Cooperativa francesa tiene ya en marcha esta actividad. Nosotros aún no. Pero nos interesa. Por ser una obra de más coste, quizás tardemos más en emprenderla. Depende, claro, de la vitalidad que vaya adquiriendo nuestra Cooperativa en materia económica.

Y, en fin, otras actividades que irán surgiendo a través del espíritu cooperador que nos anima. La técnica es amplia y rica en posibilidades y matices. Y nosotros, todos los maestros de un grupo cada vez más amplio, estamos decididos a llevar a cabo su realización, siempre en actitud de revisarla y mejorarla, para obtener de ella resultados óptimos.